En el año de 1.550, Buga era un pequeño caserío. El río Guadalajara corría en aquel entonces por el sitio donde ahora está el Templo del Señor de los Milagros. Al lado izquierdo del río había un ranchito de paja, donde vivía una indígena anciana, cuyo oficio era lavar ropa.
Su ilusión era comprarse un crucifijo y para ello reunió setenta (70) reales, los cuales se los entregaría al cura párroco para que le comprara su cristo; cuando pasó por allí un hombre, padre de familia, llorando pues le iban a mandar a la cárcel porque debía setenta reales y no tenía con qué pagarlos; Ella se llenó de tristeza y prefirió dejar su anhelo para más tarde y le ayudó al pobre hombre que la bendijo por haberle salvado.
Días después, estaba lavando, cuando traído por la corriente del río, llegó a sus manos un crucifijo, que para ella fue como la joya más preciosa. Como no podía pertenecer a nadie, pues río arriba era completamente deshabitado, se fue feliz con su hallazgo y le improvisó un altarcito y lo colocó amorosamente en una cajita de madera.
Una noche oyó golpecitos en el sitio donde guardaba la imagen y se llevó una gran sorpresa cuando vio que el Santo Cristo y la cajita habían crecido notablemente, pero se imaginó que era ilusión de sus ojos debilitados por la edad.
La imagen siguió creciendo y cuando advirtió, tenía ya cerca de un metro de estatura. Le avisó al cura párroco y a los señores más importantes del pueblo, quienes al verlo y darse cuenta que la pobre señora no tenía dinero como para obtener un crucifijo de estas dimensiones, corroboraron que era un milagro.
Los devotos empezaron a quitarle pedazos para llevarlos consigo y fueron deteriorándolo hasta que un visitador especial llegado de Popayán ordenó quemarlo. Al ser echada a las llamas la imagen empezó a sudar tan copiosamente durante dos días que los vecinos empapaban algodones para llevarlos como reliquias y obtener curaciones.
Después de esto la imagen resultó más hermosa. La gente empezó a tener gran devoción con este milagro y llegaban de todas partes peregrinos y romerías a visitarla, obteniendo curaciones los enfermos y logrando beneficios los necesitados.
Después de estos sucesos cuenta la crónica de 1819, el ranchito de la anciana se convirtió en un sitio de reunión y se le dio el nombre por el cual se le conoce desde hace siglos: “El Señor de los Milagros”.
Después de la muerte de la anciana, se pensó en el lugar donde debía colocarse el crucifijo. Su ranchito quedaba junto al río y como creció, cambió de cauce y se desvió, dejó el sitio libre cerca al lugar de su aparición, para construirle allí su templo, el que se construyó pequeño y se le llamaba: “La Ermita”.
Es una imagen enternecedora, la cruz tiene 1,70 m de altura y 1,30 m de ancho, la imagen es de color oscuro. La cruz tiene el letrero INRI, que significa: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”; de la cruz salen rayos de plata, que le han obsequiado sus devotos.
La Cabeza del Santo Cristo está muy inclinada; sus heridas, especialmente el costado, derrama abundante sangre, la cabellera también ensangrentada cae en dos manojos sobre sus hombros. El rostro atormentado por el dolor conserva una expresión de resignación y de majestad impresionantes, los ojos cerrados y los labios entreabiertos.
MENSAJE DE LA DEVOCIÓN
Destaquemos algunos rasgos que iluminan nuestra devoción al venerado Cristo:
1. La indígena libró de la cárcel a un padre de familia: Prefirió la libertad de un hombre a la posesión de una imagen. Porque la persona humana es la imagen más perfecta de Cristo y de Dios: fuimos hechos “a imagen de Dios”. “Tuve hambre y me dieron de comer, estuve en la cárcel y me visitaron” (Mateo 25,42-43). Nuestra vida cristiana exige la unidad entre fe y justicia, entre oraciones y solidaridad. El prójimo se vuelve puente para llegar hasta Dios. El río, donde el Cristo apareció, nos recuerda nuestro bautismo, en cuyas aguas nacimos a la fe, a la gracia, al compromiso con la Iglesia.
El hallazgo de la imagen se verifica, no en el templo ni en la casa, sino en el río, mientras la mujer trabaja. Al Señor lo hallamos en la oración y también en el taller, la oficina, la calle, incluso en el sitio de sana diversión, donde quiera que obremos como cristianos.
2. La imagen de Cristo creció. Dice la tradición que pasó de un tamaño pequeño al tamaño que hoy tiene: 125 cm. (167 con la cruz). ¿Cómo fue ese crecimiento? La historia no sabe explicarlo. Pero por el evangelio sabemos que el niño Jesús también “crecía en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2,52).Este crecimiento del Cristo nos enseña que no hemos de contentarnos con una estatura espiritual infantil. Como cristianos hemos de crecer todos los días en conocimiento (leer la Palabra de Dios y el catecismo), en compromiso cristiano (guiarnos por los valores del evangelio), en servicio a los demás (solidaridad).
3. La imagen arrojada a las llamas superó la prueba. También Jesús, durante su vida terrena, fue sometido a la prueba de muchos modos: desprecio, incomprensión, persecución, cárcel, juicio inicuo, flagelación, condena a muerte, crucifixión. Y de todo salió triunfador por la resurrección.El Señor de los Milagros nos invita a asumir con valor las dificultades de la vida, a no dejarnos abatir por las tribulaciones, a purificarnos en el sufrimiento, a pasar de las tinieblas a la luz. Debemos aceptar las cruces que trae la vida y debemos hacer que sobre nuestros hermanos no caigan cruces inmerecidas.
4. La imagen de Cristo crucificado. Jesús es amable en todas las etapas de su vida: en su infancia (Divino Niño), en la vida oculta en Nazaret, en su vida de predicador itinerante; pero nos conmueve con su dolor, su humillación y su amor manifestado en la cruz. Esta devoción nos une a la obra de la redención alcanzada en la cruz. Pero la cruz del Señor de los Milagros despide rayos de luz.No es una cruz de muerte, sino de gloria y resurrección. Los peregrinos observan, además, que, en el altar mayor de la Basílica, encima de la imagen de Cristo Milagroso, se yergue la de Cristo Resucitado. Así comprenden que cuando agradecemos o pedimos un milagro, éste no es realizado por el Cristo muerto del Calvario, sino por el Cristo vivo y glorioso de la Resurrección, el Cristo de la Pascua.
5. Peregrinos y solidarios. En síntesis, ¿cuál es el fruto de esta devoción? Desde luego que muchas personas peregrinan porque necesitan una gracia especial, un “milagro”. Han oído hablar a otras personas que han sido beneficiarias o testigos de favores recibidos, sanaciones de toda clase (como se puede ver en el Museo), y buscan alivio para sus dolencias. Pero pronto entienden, a través de la historia de la indígena y mirando la imagen del crucificado, que Dios quiere: a) que seamos solidarios y con los más necesitados y b) que no busquemos soluciones fáciles a los problemas de la vida.En el camarín, ante la sagrada Imagen, se verifican conversiones auténticas, cambios de vida que acreditan la intervención de Dios, autor del perdón y de la transformación espiritual.




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