Novena al Señor de los Milagros
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Orden de la Novena

1. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

2. Oración para todos los días.

3. La consideración propia para cada día.

4. Gozos.

5. Oración final.

6. Bendición.

2. Oración para todos los días:

Amadísimo Señor de los Milagros, hasta tu presencia vengo para confiarte nuestros problemas y nuestras dolencias. Con la misma fe de la mujer que se acercó para tocar el borde de tu manto y que fue curada porque creyó, así nosotros nos postramos ante ti y te decimos desde el fondo del alma: “Señor, si quieres puedes curarnos”. Tú sigues obrando maravillas y sanando los enfermos, porque Tú has asumido nuestras debilidades y cargado nuestros sufrimientos. Concédenos, pues, la gracia que hemos venido a implorarte.

Sabemos bien que tu corazón se conmueve al vernos tan afligidos y desorientados, como ovejas que no tienen pastos. Tú eres nuestro buen Pastor, el que ha dado la vida por las ovejas.

Tu victoria en la muerte y en la resurrección es la mejor garantía para nuestra victoria sobre todo lo que tiene a marca del pecado, es decir, el egoísmo, la injusticia, la violencia, el dolor y la muerte.

Que tu Espíritu santificador nos haga partícipes del triunfo sobre el mal t testigos de la novedad en el amor.

Misericordioso Jesús crucificado, te alabamos, te bendecimos y te damos gracias. Que seamos protegidos con tu bendición constante, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

4. Gozos

1. Para salvar tus corderos te llamaste Buen Pastor, y con ese inmenso amor cruzaste nuestros senderos, Dios y Hombre verdadero: nuestra guía y nuestra luz.

2.  El Reino fue tu programa, la justicia y la hermandad, la paz y la caridad que un nuevo mundo proclama y que el corazón inflama, peregrino de Emaús.

3. Admirable caridad de una indígena sencilla, que te obliga -oh maravilla- a volver una vez más para mostrar tu bondad, amable y dulce Jesús.

4. Tras la noche más oscura se hace el mundo luminoso porque el Cristo Milagroso -como un astro de luz pura- sobre los pueblos fulgura desde el árbol de la cruz.

5. Multiplicas los portentos como en tu vida terrena, cambias en gozo las penas y en gracia los sufrimientos, a los tristes das contento y pan a la multitud.

6. Vamos haciendo camino entre gozos y dolor. Mira al pueblo en aflicción, Samaritano Divino, y que tu aceite y tu vino hagan fecunda la cruz.

7. Oh Profeta de la vida, pregonero de la paz, concédenos superar la violencia fratricida. Cambia, Señor, las heridas en justicia y rectitud.

Milagroso buen Jesús Sálvenos tu Santa Cruz, Bondadoso buen Jesús, eres vida, gozo y luz.

5. Oración final:

Dios Padre misericordioso, tu gloria llena el universo y toda la creación proclama tu sabiduría. Pero has querido hacerte el encontradizo en nuestro camino para demostrarnos tu amor y el deseo que tienes de salvarnos.

Con el pueblo de Israel te encontrabas en la tienda del tabernáculo y, más tarde, en el esplendor del templo de Jerusalén. Y al llegar la plenitud de los tiempos te hiciste totalmente cercano enviándonos a tu Hijo como Redentor. El es el nuevo templo, el lugar de encuentro entre lo humano y lo divino.

Hemos venido hasta este sitio para responder a la invitación que tu Hijo nos ha hecho:

Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré de sus cargas. Porque sólo Él es la palabra de vida eterna y sólo El puede dar respuesta a las preguntas angustiosas de la existencia.

Padre de bondad, concédenos la gracia de que esta visita sea para nosotros fuente de gozo y de vida nueva. Que encontremos alguien que nos diga: En el nombre de Jesucristo, levántate y anda y nos podamos alzar de nuestra opresión y de nuestras tristezas. Y entremos en tu templo alabando tu ternura para con los humildes.

Envíanos la fuerza de tu Espíritu para renovarnos interiormente con tu perdón y ser como piedras vivas del templo de tu Iglesia. María, madre de Jesús y madre nuestra, acompáñanos en nuestra oración. Amén.

6. Bendición:

Que la gracia y la bendición del Señor de los Milagros esté con cada uno de nosotros. La paz de su semblante nos tranquilice. Los méritos de su cruz nos defiendan.

El amor de su corazón nos inflame. Los sufrimientos de su Pasión nos consuelen. El resplandor de sus llagas ilumine cada una de nuestras palabras y acciones. Y sus brazos amorosos nos acojan algún día en la gloria eterna del cielo.

Y la bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y permanezca para siempre. Amén.

Padre Nuestro…

Dios te salve…

Gloria al Padre. ..

3. Consideración propia de cada día:

 

Día primero

Meditemos: El Señor se sirvió de una mujer sencilla y pobre, de una indiecita lavandera, para entregarnos por ella la imagen que en Buga veneramos.
Buga era una población recién fundada a mediados del siglo XVI. La mujer sencilla, iniciada ya en lo fundamental de la vida cristiana, ahorraba dinero y trabajaba con el fin de encargar una imagen de Jesús Crucificado. Pero ella sabía muy bien que el prójimo, sobre todo el más necesitado, es imagen viva del Señor, sabía aquello del Evangelio: “Todo lo que hicieron por uno de estos mis hermanos, por humildes que sean, por mí mismo lo hicieron”. (Mateo 25, 40).

Pidamos la gracia que deseamos en esta novena…

Jesús, Tú viniste por los enfermos y los pecadores. Por eso, me vuelvo hacia Ti y quiero pedirte que sanes mi alma y mi cuerpo. Tú sabes, Jesús, que el pecado desgarra y destroza la integridad del ser humano y destruye las relaciones humanas y nuestra amistad contigo. Tú eres el Dios con nosotros. Te pido que entres en mi vida.

María, Madre del Perpetuo Socorro, tú me has invitado a orar, quiero hacerlo ahora y por eso te pido que acompañes mi oración con tu fe. Ora conmigo en estos momentos, para que pueda ser digno de obtener la gracia de la curación, no sólo para mí, sino también para aquellos por quienes deseo interceder. Haz que la voluntad del Padre se cumpla en mí y a través de mí.

Día segundo

Meditemos: Ya tenía la indígena el precio de la imagen, setenta reales en moneda de la época. Ya podía ilusionarse con poseerla. Pero supo que un hombre estaba preso, víctima de un infame usurero, a quien le debía precisamente la suma anotada, setenta reales. Y nuestra sencilla lavandera reflexionó: importa más la libertad de mi hermano preso que la posesión de la imagen. Y el dinero ahorrado para comprar el Crucifijo sirvió más bien para dar la libertad al preso. La mujer había visto en el encarcelado la imagen viva de Cristo. Había entendido aquello del Evangelio: “Estuve preso y se interesaron por mí” (Mateo 25, 36).

Y nos enseñó una gran lección: el cristianismo venera las imágenes, pero antes debe vivirse en el amor y entrega al hermano, sobre todo al más necesitado. Lo dijo Jesús: “Si se aman unos a otros, todo el mundo conocerá que son discípulos míos” (Juan 13, 35).

Pidamos la gracia que deseamos en esta novena…

Jesús, frecuentemente he dudado en hacer el bien. En su lugar he preferido a menudo hacer mi voluntad y las consecuencias de ello me han hecho mal. ¡Sáname de mi incredulidad y de las resistencias que he opuesto, las veces que me he negado a aceptar la voluntad del Padre! Creo en Ti y confío en Ti. Por tanto me pongo totalmente en tus manos. Hágase en mí tu voluntad Señor, en la salud y en la enfermedad; en el éxito y en el fracaso; en las alegrías y en las tristezas; en la vida y en la muerte; en el presente y en la eternidad. María, Madre del Perpetuo Socorro, con tu oración, alcanza para mí la gracia de que mi determinación de seguir a Jesús sea irrevocable. ¡Ayúdame para que nunca me aparte de ella y a permanecer siempre fiel a esta decisión!

 

Día tercero

Meditemos: La indiecita estaba ya resignada a carecer de una imagen de Jesús Crucificado, objeto de sus ilusiones. Siguió lavando ropa en el río Guadalajara, que entonces corría por donde actualmente está la Basílica del Señor de los Milagros. Un día entre las aguas del río, la mujer observa un objeto curioso. Era un pequeño Crucifijo de madera, emocionada lo toma en sus brazos, después de haber reconocido la imagen de Jesús en el prisionero, recoge como premio la imagen del Señor que ella deseaba. La lleva a su choza, la guarda en una caja de madera y empieza a venerarla con su sencilla piedad de mujer del pueblo. Entre las aguas le vino la imagen del Señor. Por las aguas del bautismo se nos entregó a nosotros la imagen viva de Jesús. Y por eso somos hijos de Dios. Nos lo enseña san Pablo: “Por medio del bautismo fuimos enterrados junto con Cristo y estuvimos muertos, para ser resucitados y vivir una vida nueva”. (Romanos 6, 4). Por esa vida nueva somos hijos de Dios, iguales en dignidad y hechos hermanos unos de otros.

Pidamos la gracia que deseamos en esta novena…

Jesús, yo renuncio a todo pecado, renuncio a Satanás y a todas sus seducciones, a sus mentiras y engaños. Renuncio a cualquier ídolo e idolatría. Renuncio a mi falta de perdón y a mi rencor. Jesús, Tú nos has llamado a amar. Hoy reconozco ante Ti la fragilidad de mi amor. Libérame de todas las heridas provocadas por el desamor, heridas que me impiden amarte a Ti, mi Señor.

María, Madre del Perpetuo Socorro, por tanto tiempo conviviste día tras día con Jesús, eres Tú quien mejor lo conoce. Ayúdame a hacer a un lado todo lo que obstaculiza mi encuentro con Él. María, con tu oración, alcánzame la gracia que la Palabra de Jesús me conmueva; que su amor me incite a amar y que su perdón me haga capaz de perdonar.

Día cuarto

Meditemos: Una noche la indiecita oyó que la caja, dentro de la cual había introducido el Crucifijo, crujía con extraño ruido. Se acercó y comprobó un raro suceso: la imagen estaba creciendo, se dilataba y por eso hacía estallar la caja en la que lo había guardado. Los vecinos, enterados del hecho, reclamaron para la pública veneración esa singular imagen. El Cristo crecía para todos, no únicamente para la afortunada lavandera…

Cuando Jesús vivió entre los hombres, según el Evangelio: “Crecía en cuerpo y en espíritu y tenía la aprobación de Dios y de la gente” (Lucas 2, 52). Y cuando los hombres inicuos pretendieron atajarlo en su crecimiento matándolo y sepultándolo, fue el momento en que creció con más gloria y esplendor por su maravillosa resurrección. “Por eso Dios le dio el más alto honor y el nombre sobre todo nombre”. (Filipenses 2,9).

El crecimiento de la imagen nos pone ante los ojos ese crecimiento glorioso de Jesús y nos recuerda que nosotros, su Iglesia, continuamos esa obra, siendo cada día más hijos de Dios y más hermanos entre nosotros mismos.

Pidamos la gracia que deseamos en esta novena…

Te pido, Señor, por todos aquellos que habiéndose vuelto hacia mí, en busca de amor y comprensión, quedaron paralizados ante la oscuridad que encontraron en mi mirada, llena de egoísmos y soberbia. ¡Permite, Jesús, que de ahora en adelante, tu rostro y tu luz brille a través de nosotros para iluminar a toda la humanidad! Gracias por aquellos que en este día socorren a sus hermanos y hermanas más rechazados y que al hacerlo, te aman a Ti en ellos.

María, Madre del Perpetuo Socorro, alcánzanos con tu oración el regalo maravilloso de que el rostro de Jesús se refleje en todos los que oramos y meditamos con esta novena. Yo sé, que éste también es tu deseo.

Día quinto

Meditemos: La imagen creció y hubo que sacarla de la urna en que la había puesto la indiecita. Este Cristo de los Milagros nos está invitando a crecer. El que cada día haga esfuerzos para ser mejor esposo, mejor esposa, mejor hijo, persona más entregada al servicio de los demás, está creciendo ante Dios y ante los hombres. Este es el crecimiento personal. Crecemos también comunitariamente cuando nos esforzamos por tender la mano a los más débiles, por ser mejores vecinos, por ayudar a los que menos pueden, a los que menos saben, a los que más sufren. Porque el cristiano “crece” también para los demás y con los demás, así como la imagen no creció sólo para la indiecita sino para un pueblo y para siglos venideros. Lo dice bellamente san Pablo: Dios preparó a los suyos para hacer su trabajo de servicio, para hacer crecer el cuerpo de Cristo… “Así seremos personas maduras, desarrolladas conforme a la estatura completa de Cristo”. (Efesios 4, 12-13).

 

Pidamos la gracia que deseamos en esta novena…

Padre bueno, concédeme tu gracia para que pueda desde ahora llenarme de gozo, mientras me preparo a encontrarme contigo, en el SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN (como fruto de esta novena, una buena confesión).

Haz que desaparezcan en mí todo miedo y vacilación, de tal suerte que sepa cómo debo confesar mis pecados. Envía tu Espíritu sobre mí, para que los recuerde todos y sienta dolor por ellos. Dame el valor para no mantener en secreto ningún pecado, abriendo mi alma ante Ti con toda sencillez y sinceridad.

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Madre de la reconciliación y la paz, como hijos tuyos nos has invitado a reconciliarnos con el Padre. Gracias porque muchos en Buga y en el mundo entero acuden contentos a reconciliarse con Dios a través de la sagrada Confesión. Gracias, Madre, porque muchos han encontrado por este medio la paz interior y la libertad. Haz que despierte en mí la conciencia de mi responsabilidad, conmigo mismo y con los demás, y particularmente con los planes que el Padre me revela por medio tuyo.

Día sexto

Meditemos: Las gentes de los contornos de Buga empezaron a venerar la imagen. Se le atribuían muchas intervenciones milagrosas. Pero la piedad del pueblo fue indiscreta. Raspaban la imagen para llevarse trocitos como reliquias. Y de esa forma afearon horriblemente el Crucifijo. Tanto que un visitador eclesiástico ordenó quemar esa imagen tan deteriorada, tan desfigurada. La arrojaron a las llamas. Y no se quemó: antes bien empezó a sudar y la gente empapaba algodones en el sudor. De este hecho maravilloso quedan documentos juramentados que se han conservado cuidadosamente. La imagen fue sacada de las llamas, se la arregló porque estaba desfigurada. Y esa es la que hoy veneramos en el Camarín de la Basílica de Buga. Y fue más gloriosa porque derrotó el ímpetu del fuego destructor, como Cristo fue más glorioso porque venció el poderío de la muerte. Porque como predicó san Pedro a los judíos, a este Jesús Crucificado, por la Resurrección Dios lo hizo Señor y Cristo, esto es, nuestro poderoso Salvador.

Pidamos la gracia que deseamos en esta novena…

Señor, haz que el fuego de tu amor y la gracia de tu sanación iluminen mi oscuridad y derritan el hielo del mal que aún habita en mí. Renueva completamente mi capacidad de amar. Que a partir de ahora, pueda amar yo a los hombres con todo mi corazón, incluso a aquellos que me han lastimado. Muy a menudo he sido incapaz de perdonar las injurias de los demás. Perdona Señor, las veces que me he agobiado a mí mismo y a otros también, con la envidia y los celos. ¡Cúrame de la ausencia de Dios en mis pensamientos, palabras y obras!

María, tú eres la Madre del Perpetuo Socorro. Después de haberme encontrado con tu Hijo, deseo caminar junto a ti el resto de mi vida. Con tu oración, alcánzame la gracia de vivir siempre en la luz y transmitirla a otros. Gracias por la ayuda que me has ofrecido y por la confianza que has puesto en mí, al enviarme a dar testimonio de tu Hijo a los demás.

Día séptimo

Meditemos: La imagen venció las llamas. El Señor Jesús venció la muerte. Cuando el peregrino se postra en Buga ante el Cristo Milagroso, los ojos ven un Crucifijo, pero la fe percibe más allá la presencia de Cristo Resucitado, el que venció la muerte, y por eso sigue venciendo en nosotros toda clase de mal, el pecado, la enfermedad, las angustias, el miedo. A través de la imagen, la fe se encuentra con el Cristo vivo de la Resurrección. Y hay más, con estos hechos el Señor nos invita a tomar una actitud de sana lucha contra el mal. No basta decir que se haga la voluntad de Dios, cuando nos persigue el infortunio. Levantamos los ojos al cielo, oramos y comprendemos que también es voluntad de Dios que nos sirvamos de nuestra cabeza, de nuestro corazón, de nuestros brazos para superar las dificultades y para ayudar a otros a superarlas.

La imagen venció las llamas. Cristo venció la muerte. El cristiano tiene que luchar contra el mal en sí mismo y tender la mano a los otros para que venzan también en mal. Lo aconseja san Pablo: lleven las cargas unos de otros y así cumplirán la ley de Cristo (Gálatas 6,2).

Pidamos la gracia que deseamos en esta novena…

Jesús, Tú abriste un nuevo camino de salvación, cuando te abstuviste de responder a las injurias; cuando no buscaste vengarte de lo que hicieron contigo. Tus sufrimientos nos redimieron a nosotros los seres humanos, porque Tú amaste en el sufrimiento y sufriste en el amor.

Perdóname Jesús, porque con mi comportamiento he clavado a otros en la cruz del oprobio; porque con mi ira he provocado en otros el temor y la ansiedad; porque con mi rencor he cerrado la puerta de mi corazón, impidiendo a otros la entrada. ¡Redímeme, Señor, de mis deseos injustos y de los hábitos perniciosos que me crucifican!

¡Oh Jesús, redime a los pobres que han sido clavados a la cruz de la indigencia, a causa de la explotación y el indigno comportamiento de los poderosos! Redime a todos los hijos que son crucificados por el comportamiento de sus padres. Redime, Jesús, cualquier crucifixión y tensión que exista entre los gobiernos y los pueblos.

¡Ayúdanos, en cambio, a crucificar toda pasión, toda ira, toda soberbia, para que en su lugar puedan nacer la paz y el amor, la reconciliación y la comprensión!
María, Madre del Perpetuo Socorro, en tu corazón resonó el eco de cada uno de los golpes del martillo que hundió los clavos en las manos y en los pies de Jesús. Lo soportaste y no te derrumbaste. ¡Gracias por amarme y porque deseas conducirme a la salvación! ¡Madre, ayúdame a destruir todo aquello que me crucifica interiormente y con lo que crucifico a los demás, para que de ahora en adelante sea yo crucificado sólo por el amor a los demás!

 

Día octavo

Meditemos: Cuando los vecinos de Buga quisieron construir una Ermita en el lugar donde la imagen había sido encontrada tropezaron con muchas dificultades. Y cuentan que un día cambió de cauce el río, desviándose hacia el lugar por donde hoy corren las aguas. Entonces se construyó la Ermita donde se veneró el Señor de los Milagros, hasta que, a comienzos del siglo XX, surgió la monumental Basílica.

El río cambió de cauce. Así el Señor nos exhorta a cambiar de ruta, a enderezar nuestros caminos, a buscar cada día mejores rumbos de vida más cristiana, más entregada al servicio de los otros. El Señor recibe nuestras oraciones y bendice nuestros esfuerzos de cambio a fin de que este mundo sea más humano, más digno de ser habitado por hijos de Dios que se hermanan en el mutuo amor. Así empezó Jesús su predicación del Evangelio, cuando decía: Cambien de actitud, y crean en el mensaje de salvación (Marcos 1,14)

Pidamos la gracia que deseamos en esta novena…

Señor, perdona a todos aquellos que están estancados, que no intentan cambiar y persisten en sus traiciones. Te doy gracias, Jesús, porque Tú perdonaste a los que te traicionaron, a los que te negaron. Perdóname también a mí, Señor. Perdónanos todos los besos con los que te hemos traicionado, por cada una de las palabras que hemos pronunciado con mentira.

Señor, aquí estoy frente a Ti. Sé que no me condenas, ni buscas encontrar mi culpa, sino que quieres limpiarme de ella. Gracias, Señor. ¡Lamento en este momento las veces que he condenado a otros, las veces que he hablado mal de mi prójimo; las veces que he permanecido callado ante las injusticias y el daño cometido contra otros!

María, Madre del Perpetuo Socorro, tú escuchaste la condenación a muerte que fue dictada contra Jesús. Y sin embargo, tú no condenaste a nadie. ¡Quédate junto a mí y junto a todos tus hijos e hijas que meditan con esta novena!

Día noveno

Meditemos:  Hacia el Santuario afluyen multitudes. Acuden de todos los rincones de Colombia y del extranjero. Al Señor de los Milagros se le agradecen incontables beneficios. Recibir una gracia del Señor es sentirse obligado a hacer el bien a los demás, principiando por los más cercanos y recordando especialmente a los más necesitados. “Cumplir una promesa” no es tan sólo visitar la Basílica, depositar una limosna y rezar alguna devoción. Es esto y mucho más. Es sentirse invitado a ser más cristiano y a formar comunidad, a ser más hermano de los otros. A los pies del Señor de los Milagros nos unen las penas, la confianza, la oración. Que también nos una la amistad y el deseo de ayudarnos como hermanos. Por eso somos Iglesia, pueblo de Dios.

La devoción al Señor de los Milagros no puede olvidar el gesto de la indiecita que originó este culto. Al honrar al Señor Crucificado tendremos que honrar a quienes siguen sufriendo dolores de crucifixión. Así lo proclamó Jesús: Les doy este mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros (Juan 13, 24).

Pidamos la gracia que deseamos en esta novena…

Padre, tú me creaste de tal manera que fuera capaz, por medio de mi amor a Ti y a mi prójimo, de alcanzar la felicidad aquí en la tierra y después contigo en el cielo. Renuncio a cualquier antipatía y rencor, a cualquier odio, a todo mal modo, a toda blasfemia mía o de otros y me decido por el amor. Al terminar esta novena envía tu Espíritu sobre mí, para que pueda amarte con todo el corazón. Dame mucho amor, para que pueda amarte en toda persona y en toda criatura. Te doy gracias porque tu Hijo Jesucristo entregó su vida por mi amor y así lo contemplo en esta imagen sagrada del Señor de los Milagros de Buga.

Madre de nuestras familias, gracias por haber vivido en la unidad de la Sagrada Familia y por enseñarnos que es posible vivir unidos y con amor. Intercede por nosotros y ruega a Dios por nuestras familias. Gracias por ser nuestra Madre.