Por: P. Luis Carlos Jaime M. Biblista, CSsR.
Pocas palabras existen de las que se haya abusado tanto y hayan sido tergiversadas como “paz”. A este propósito se podría hablar sin más de una auténtica inflación ideológica; la expresión es la misma, pero su significado ha cambiado totalmente. La discrepancia entre el sentido bíblico y su uso y abuso hasta en las confrontaciones políticas, ha hecho de la palabra “paz” un término cambiante, ambiguo y problemático. Cuanto más modernos y refinados son los métodos de lucha por la existencia, tanto más difíciles se hacen las conferencias sobre la paz y más sospechosos resultan los mensajes de paz. El redescubrimiento del contenido salvífico que comporta el concepto bíblico de “paz” podrá robustecer la credibilidad de los discursos sobre la paz y otorgarles una renovada esperanza.
A lo largo de toda la Sagrada Escritura encontramos referencia a la paz. En el Antiguo Testamento se usa la palabra shalom y tiene el sentido de bienestar (Jue 19,20), de dicha (Sal 73,3), de tranquilidad (Gn 26,29, Sal 4,9, Gn 15,15), de entendimiento pacifico entre los pueblos y los hombres (1Re 5,26; Jue 4, 17; 1 Cr 12, 17. 18) y de salvación (Is 45, 7 Jer 29, 11). La participación en esta paz incluye la participación de dones salvíficos que lleva consigo; aquel a quien se le arranca la paz, no se acuerda más de la dicha (Lam 3,17).
En este sentido shalom (paz) tiene una orientación social y está íntimamente unida a las expectativas políticas de Israel. De otra parte, hay una estrecha conexión de shalom con el concepto de justicia (Is 48, 18 y Sal 85,11), con los conceptos concretos de derecho y de juicio (Zac 8, 16).
En el Nuevo Testamento el término paz (eirene) aparece 91 veces: en los textos de los evangelios 24 ocasiones, de las cuales 4 en Mt (todas en el capítulo 10); una vez en Mc, como fórmula de saludo (5,34); 13 en Lc; 6 en Jn, en el llamado discurso de despedida y en el capítulo 20, y entendido siempre como un don de Jesús a sus discípulos; 7 en el libro de los Hechos de los Apóstoles, 43 en la literatura paulina, en Romanos 10 veces y Efesios 8; 11 veces en las cartas pastorales, 4 en Hebreos y 2 en el libro del Apocalipsis.
De lo expresado anteriormente no se puede constatar una evolución del concepto de paz (eirene) en el interior de los escritos del NT. El concepto ha quedado determinado formalmente a partir de la versión del Antiguo Testamento que le sirve de base y su contenido ha quedado bien definido.
Para comprender el amplio sentido de la paz en los escritos del Nuevo Testamento, es necesario ver algunos significados. Por ejemplo, paz está en oposición a la guerra en Lc 14,32 y en Hech 24,2; en 1 Cor 14,33, la paz es lo contrario del desorden o la confusión; como expresión de la armonía entre los hombres Hech 7, 26; Gál 5, 22; Ef 4, 3; también como concepto mesiánico en Lc 1, 79; 2, 14; 19, 42. Y así, finalmente en Ef 6, 15 (evangelio de la paz), y de un modo similar en Hech 10, 36; Ef 2, 17, la palabra puede describir en general el contenido y la finalidad de la predicación cristiana.
De lo expresado anteriormente, la paz que define tanto las relaciones entre las personas como las que existen entre el hombre y Dios, es una consecuencia de la participación en la paz de Dios que lo abarca todo.
De otra parte, para los escritores del Nuevo Testamento, Cristo es el mediador de la paz con cuya venida se hace presente el Reino de Dios, que lleva consigo la reconciliación (Rom 5,1; Col 1,20). En el evangelio de Juan se subraya el hecho de que Cristo da su paz a sus discípulos (Jn 14,27); en los evangelios sinópticos, en los discursos mediante los cuales Jesús instruye a sus discípulos antes de enviarlos a predicar, insisten sobre todo en que los discípulos deben ser transmisores de paz; si es rechazada por aquellos a quienes es ofrecida, volverá a ellos (Lc 10, 5 s; Mt 10, 13).
También en el Nuevo Testamento la paz de Cristo (Col 3,15) es un don del Padre y del Hijo (Rom 1,7; 1Cor 1,3), la cual es adquirida y garantizada a través de la unión con Cristo (Jn 16, 33; Flp 4, 7; 1 Pe 5, 14). La santificación, la perseverancia (1 Tes 5,23) y la perfección (Heb 13,20), son medios que ayudan a participar de manera más profunda en la paz de Dios. Para los autores sagrados, la paz puede ser desconocida (Lc 19,42), menospreciada y ensombrecida (Rom 3,12.17) o rechazada (Lc 10,5 s; Mt 10,13).
En el Nuevo Testamento, la paz es signo de la salvación del hombre y del mundo (2 Cor 5, 17; Gál 6;15), por lo tanto, encierra un nuevo orden en las relaciones interhumanas: vivir en paz unos con otros (Mc 9,50), pues el reino de Dios es justicia y paz (Rom 14,17). En la paz se consuma la edificación de la Iglesia (Rom 14,19).


