Por: P. Mauricio Monroy Cáceres, CSsR.
El santuario del Señor de los Milagros de Buga se convierte para el pueblo cristiano en fuente de espiritualidad, porque nuestro amor al crucificado nos hace reconocer que del madero cuelga la bendición de Dios derramada a toda la humanidad, signo del amor divino otorgado a los hombres a través de su Hijo Jesucristo.
En este santuario se congregan gentes de todos los pueblos para “recibir la bendición”, motivados por una fe humilde y sencilla, identificando en la cruz el signo de vida eterna donde se encuentran nuestra relación de amor con Dios y con la humanidad centrada en Jesucristo, quien nos dice: “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; amaras a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10, 27).
La cruz es fuente del amor misericordioso de Dios. Por tanto, nuestro santuario de Buga hace parte importante de nuestro camino de conversión, puesto que en él tenemos la oportunidad de reconciliarnos con Dios y con nuestros hermanos, haciendo nuestras las palabras de la consagración al Cristo Milagroso: “Señor de los Milagros, porque te amo, me arrepiento de todos los pecados… te prometo comenzar desde hoy una vida nueva”.
Es por eso que a través de esta devoción recordamos el compromiso de fidelidad que nos deja Jesucristo: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado; por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos” (Jn 13, 34-35). En la medida en que pongamos esto en práctica, sentiremos la necesidad de anunciar el Evangelio por medio del testimonio de vida.
Por ello, reconocemos que la cruz nos hace crecer en la vida según el Espíritu, uniendo nuestras vidas a la de Cristo y sintiendo el deseo fervoroso de crecer en nuestra relación con el Padre por medio de la oración. Que el Señor de los Milagros nos haga crecer en nuestra vida de fe y nos obtenga la bendición de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, Amén.


